Vas a aparecer en una cuneta, me dijo una compañera de trabajo cuando le conté que renunciaba y me iba a viajar por el mundo, sola y sin plazos.

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Existen tantas formas de viajar como viajeros, pero hay categorías que nos ayudan a identificar modos y prácticas. Están los que viajan en pareja, con amigos, solos, con tours armados, sin agenda, alquilando auto, en bicicleta, en crucero, a dedo, con presupuesto acotado, con cheque en blanco, sin un mango, haciendo voluntariado, etc. Pero dentro de esta enorme gama de posibilidades hay algunas que implican, especialmente al ojo externo, mayores riesgos. Viajar sola siendo mujer, y encima haciendo dedo, es una de esas combinaciones que hacen explotar el cerebro de todas las amigas de tu madre.

No creo que pase exclusivamente por los riesgos, que los hay como en innumerables otras actividades. Si vamos al caso, mueren más personas en accidentes de tránsito que mochileras viajando por el mundo, pero a nadie se le ocurre dejar de salir de su casa por miedo a que se lo lleven puesto. Lo que incomoda es una mujer en ejercicio total de su libertad, que haya roto con lo que se esperaba de ella -carrera, pareja, hijos, auto, casa, etc.-, y tome las riendas de su vida para donde quiera. Está loca, dirán muchos.

Somos muchas las que soñamos con dar la vuelta al mundo, pero son aún más las trabas y los miedos que aparecen por el camino. Por eso quise contar la historia de la primera vez que hice dedo sola. Yo también tenía miedos e inseguridades, pero me animé y no podría haber salido mejor. Que sea la primera de muchas.

Prepararse

Veo improbable, y tal vez poco sano, tomar una decisión así de un día para el otro. Hubo viajes y experiencias anteriores que oficiaron de colchón para que me anime a dar este paso. La primera vez que viajé sola fue a Europa en 2014. Tenía todo bastante armado y no hubo casi margen para la improvisación. Después vino Chile en 2016, donde absolutamente todo fue improvisado, pero con una fecha de retorno marcada. Descubrí una manera diferente de viajar y vincularme con los demás, pero sobre todo conmigo misma. El tercero está siendo en este momento, en Australia gracias a la work & holiday visa, con el objetivo de seguir viajando por el Sudeste Asiático sin rutas definidas ni plazos.   

El viaje a Chile fue un aprendizaje atrás de otro: disfrutar y disfrutarse.

Mi relación con el autostop o hacer dedo ha ido cambiando a lo largo de los años. La primera vez fue con dos amigas en Brasil en 2011. Llegamos hasta Florianópolis combinando camioneros y ómnibus. La última había sido en Nueva Zelanda con Vitto, siendo la primera que lo hacía con un compañero varón. En el medio pasaron varias, con una única experiencia poco feliz -ya habrá oportunidad de profundizar-, pero siempre acompañada. Era el momento de animarme a salir sola.

Cuando sos joven y no sabes armar la mochila cuesta caminar 3 km cargada.

Animarse y salir

Los primeros meses en Australia fueron con un trabajo que me hacia cambiar de pueblo cada dos semanas. Al principio lo disfrutaba, pero la convivencia 24/7 con mis malditas compañeras, y la presión por llegar a los objetivos de la empresa me aniquiló, así que a los tres meses decidí renunciar. En ese momento estábamos trabajando en Armidale, pero vivíamos en un pequeño pueblo a 20 km: Uralla. Luego de comunicarle la decisión a mi jefa, me fijaron el último día de trabajo y a la mañana siguiente armé la mochila y me fui.

El gran tema era salir de ese pozo del fin del mundo. Extrañaba la adrenalina del viaje y quería hacer dedo, pero nunca lo había hecho sola. Osé consultarlo con mis compañeras australianas y me atomizaron con cuentos de asesinos seriales de mochileros y otros dramas. Ya estaba entrado el otoño, así que huyendo del frío quería ir más al norte: Brisbane, Gold Coast o Byron Bay. Evalué la posibilidad de ir en ómnibus, pero el precio me desconcertó. Así que, manija mediante de mis amigos, hice oídos sordos a los tormentos -aunque siempre consciente de los riesgos y cuidándome- y me tiré a hacer dedo.

La mezcla constante de felicidad y un poquitín de miedo sobre qué pasará.

Personajes del camino

A eso de las 9.30 de la mañana ya estaba en la ruta, dedito para arriba y sonrisa enorme a pesar de la incipiente lluvia. Estuve al costado de la ruta cerca de 20 minutos, hasta que paró Terry. Iba solo hasta Armidale, pero acepté igual porque necesitaba salir de ese lugar.

El que se desvía por vos

Tenés unos pocos segundos para juzgar al conductor que frena y ofrece llevarte. Si no te da confianza no te subas, pero la enorme mayoría solo van a querer darte una mano.

Terry atravesó todo el pueblo para dejarme justo donde empieza la ruta, lugar ideal para seguir mi camino. Un tipo de 60 años, con juguetes de los nietos y golosinas en el tablero de la camioneta, que llegó más tarde a donde tenía que ir por ayudar a una completa desconocida.

La palanca de cambios con más onda de Australia, un crá Terry.

Los que te tratan como una hija

En los pastos a la salida de Armidale habré estado 15 o 20 minutos. En un momento pasó una pareja de veteranos que me saludaron sonrientes pero no frenaron. A los 5 minutos veo el mismo auto que viene en dirección contraria. Tu sonrisa nos hizo volver, me dijeron. Así como los mochileros pueden tener miedo del auto que frene, los que van en el auto no te conocen y pueden tener miedo de vos y tus intenciones. Lo importante es mostrarse genuina, inofensiva, alegre y con ganas de compartir un buen rato.

Con Patricia y Kevin hice el tramo más largo, me llevaron hasta la autopista de la costa este, cerca de tres horas manejando con una parada de café incluida. Me contaron de sus hijos y sus proyectos ahora que se jubilaron. Hablamos del mate y las costumbres uruguayas, de cómo llevo la distancia con mi país, de por qué viajaba sola y a dedo. Se desviaron casi 50 kilómetros para dejarme en un lugar seguro de la autopista, nos dimos un abrazo enorme y me dejaron su email en un papelito para que les contara como siguió mi viaje. Ese papelito nunca lo volví a encontrar, pero el recuerdo de Patricia y Kevin lo guardo en esa cajita de tesoros de viaje.

Patricia y Kevin rara vez levantan mochileros en la ruta, pero a veces una sonrisa logra lo imposible.

El que te hace el tour

La ruta estaba en obra y los carteles me sacaban visibilidad, así que decidí caminar un poco para alejarme de esa zona. No había terminado de caminar cuando un auto paró. Le dije a Matt que necesitaba llegar a Coffs Harbour y me subí. Hablamos de su familia, de su casa en la montaña, de sus parentescos aborígenes y la legalización de la marihuana. No solo me llevó a Coffs Harbour, sino que me hizo un mini tour por la zona y me dejó en un conocido bar para poder encontrarme ahí con el couchsurfer que me alojaría esa noche.

Mi guía turístico por Coffs Harbour

Que la ruta te sorprenda

Pasé la noche en la casa de Toby, un chico que contacté por couchsurfer. Al otro día, después de desayunar en la playa y caminar entre los canguros, me llevó hasta la ruta. El lugar es fundamental a la hora de hacer dedo y una autopista rara vez es buena opción. Pero 40 largos minutos después un auto paró y me llevó hasta Grafton, avanzando 60 km hacia mi objetivo.

Gracias a viajar a dedo y hacer couchsurfing logré conocer esta playa llena de canguros en Coffs Harbour.

Y ahí se dio la sorpresa mayor del viaje y una de las cosas por las que amo viajar a dedo y sin planes. A la salida de Grafton me levantó Robb: un veterano con los brazos llenos de tatuajes y pucho constante en la boca que vivía en Yamba. Había visto ese balneario en el mapa: océano, río y laguna se fusionan haciendo que todo el lugar esté rodeado de agua, puentes, barcos y algún que otro delfín. Como todavía estaba con la idea de seguir hasta Byron Bay, le pedí que me dejara en la ruta así conseguía otro auto para seguir viaje. Y ahí vino la propuesta:

“Hacemos esto: entramos a Yamba, recorremos en el auto, te llevo hasta el hostel así preguntas cuanto te sale la noche, y si no te convence te llevo de nuevo a la ruta. Pero tengo la sensación que vas a querer quedarte un día por acá”

No solo me quedé un día, me quedé cinco. Me enamoré de su ritmo playero, de su faro, sus surfers y sus atardeceres. De sus miles de playas y de un hostel que me devolvió la sensación de viajera libre y feliz.

Una de las tantas playas de Yamba, que no paró de regalarme atardeceres hermosos.

Cinco días después era hora de seguir camino y llegar a Byron. Quería conocer ese balneario del que todo el mundo hablaba. El problema era salir de Yamba, porque el pueblo está a 14 kilómetros de la autopista. Así que, mochila al hombro, empecé a caminar con el pulgar levantado. Apenas saliendo del balneario vi una pareja de cincuentones subiéndose a una camioneta con pinta de hacer ruta. Pregunté a donde iban, les conté que quería llegar a Byron Bay, y después de algunas miradas aceptaron. Tenían una hija de mi edad que se acababa de mudar a Gold Coast e iban a visitarla. Fuimos charlando todo el camino y no solo se desviaron para llevarme a Byron Bay, sino que me dejaron en la puerta del hostel. ¡Unos crá!

El recorrido

El que no arriesga no gana

Que ande viajando sola no significa que no tenga miedos o inseguridades. Tengo y un montón, pero prefiero convivir con mis miedos y aprender a superarlos, que esconderme en la zona de confort y dejar que la vida me pase por la cara. Puedo vivir con la idea de riesgo, con la fragilidad y el miedo de lo desconocido. Lo que no podría es pasar toda la vida preguntándome ¿qué hubiera pasado si me animaba?

No voy a negar los riesgos, como en todos los ámbitos de la vida existe gente que quiere lastimar a los demás. Pero también existe muchísima otra gente dispuesta a ayudarte y cuidarte. Hay que tomar precauciones, hacerle caso a tu instinto y no regalarse. Si alguien te da desconfianza o no te sentís cómoda no aceptes el viaje. Pero si buscas en la web, esta lleno de hombres y mujeres que viajan a dedo y la cantidad de malas experiencias es mínima.

Soy una convencida que el mundo es mucho más lindo, hospitalario y amigable de lo que pintan los medios de comunicación y las redes sociales. Y en este blog voy a intentar demostrarlo.

4 thoughts on “Mujer, sola y a dedo: crónica de un mito derribado”

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